Negación vasca radical del capitalismo mundial

PRIMERA CINTA: DONDE SE EXPLICAN ELLA Y LAS DEMAS Y SE DEJA SENTADO QUE ESTE MUNDO ES UNA MIERDA

México, la metrópoli donde se respira mierda seca en polvo

Enseguida tenemos que corregir y completar ese primer resumen. En él la palabra mierda funciona de forma figurada. Decimos que este mundo es una mierda para enfatizar que no nos gusta, que nos parece muy mal, que su situación actual no es en absoluto deseable, que es repulsivo. Pero sucede que podemos (y debemos) decir que este mundo es una mierda de forma literal y no figurada. Porque el mundo está emporcado, untado de mierda, embadurnado de suciedad, gravemente contaminado por los venenosos residuos de las actividades humanas. Fíjate bien en lo que voy a decirte ahora: en la monstruosa ciudad de México capital sus desgraciados habitantes respiran mierda. Los residentes en México capital respiran su propia mierda o la de sus vecinos. Sucede simple y estremecedoramente que México capital es la más monstruosa aglomeración urbana del mundo en la que se amontonan dos decenas de millones de personas, casi la cuarta parte de la población mejicana. Bastantes de esos millones de residentes carecen de muchísimas cosas. Entre ellas carecen de retrete. Punto. No es que carezcan de retrete inodoro. Es que carecen de retrete. Y cagan al aire libre. Es la cuenta de la vieja: varios millones de personas cagando al aire libre significan varios millones de kilos de excrementos humanos al día. De mierda. Con la desagradable circunstancia de que la altitud, el clima y la meteorología de México capital son tales que esos millones de kilos diarios de mierda, depositados al aire libre, se secan velozmente. Y se pulverizan velozmente. Y, convertidos en polvo de mierda seca, son levantados y mezclados en la atmósfera. Para que los respiren los desgraciados habitantes de esa desgraciada ciudad.

Junto con otra clase de mierda que también respiran. En 1991 treinta y dos mil empresas y cuatro millones de vehículos emitiendo gases suponían cinco millones de toneladas de contaminantes lanzadas cada año al aire de México capital. La Secretaría Mexicana de Desarrollo Urbano y el Medio Ambiente ha calculado que más del noventa por ciento de las industrias del Valle de México incumplen flagrantemente normas globales y que más de la mitad de los obreros de la industria química tienen irreversiblemente dañado su sistema respiratorio. La contaminación del aire de la capital provoca doce millones de días de incapacidad laboral al año, veinte mil incapacidades permanentes y mil trescientas muertes anuales.

El 75% de la contaminación de ese aire se produce por la circulación de los vehículos que provoca peligrosísimas concentraciones de plomo en el aire. El 87% de los niños que viven (mejor habría que decir que todavía no han muerto) en México capital tienen un nivel de plomo en la sangre más alto que el considerado como aceptable por la 0MS, por la Organización Mundial de la Salud. Las autoridades obligaron a substituir la gasolina con plomo introduciendo componentes de rápida combustión. Pero como consecuencia del cambio esos componentes originaron una fuerte concentración de ozono. Que es oxidante y provoca graves molestias circulatorias. Las autoridades implantaron el sistema Hoy no circula, que prohíbe circular a cada coche un día a la semana. Y el 100% de la clase alta y el 70% de la clase media alta se compró otro coche para usarlo el día de la prohibición del primero. Resultado: el número de vehículos circulando aumentó en 650.000 después del Hoy no circula. Menos de uno de cada cinco residentes en la ciudad (el 18%) tiene los pulmones sanos. La contaminación del aire hace aumentar el 300% el riesgo de cáncer.

Y doscientos cincuenta millones de ratas y quinientos millones de cucarachas disputan la comida y el espacio a los habitantes de la ciudad.

Ciertamente acabo de contarte un caso extremo. La contaminación de la megalópolis mexicana se considera en los foros internacionales como uno de los tres más graves desastres ecológicos del mundo (los otros dos son el deterioro del Amazonas y la pérdida de la capa de ozono). Pero no te he hecho trampa al contarte un caso tan extremo. Porque la situación catastrófica de Ciudad de México es hoy el espejo que refleja el futuro muy inmediato de las megalópolis que están ya viviendo un monstruoso y deformante crecimiento en el Tercer Mundo, en el SUR, en los países pobres. Para que te hagas una idea de lo monstruoso y deformante que es ese crecimiento basta con que consideres los siguientes hechos: en 1950 había en el mundo únicamente diez ciudades con más de cinco millones de habitantes y seis de ellas estaban en el NORTE. En 1991 había treinta y siete y veinticinco de ellas estaban en el Tercer Mundo, en el SUR. Pero si subimos el listón hasta el nivel indiscutiblemente deformante y conflictivo de los ocho millones de habitantes nos encontramos con que en 1950 sólo había dos megaciudades con más de ocho millones de habitantes: Londres y Nueva York. Mientras que en 1990 eran veinte las aglomeraciones urbanas que en el mundo superaban la amenazadora marca de los ocho millones de habitantes. Y catorce de las veinte estaban en el Tercer Mundo.

Antes de que pase a contarte una experiencia personal mía relacionada con las megalópolis quiero llamar tu atención sobre otra realidad mexicana bien de actualidad. Me refiero, claro está a la impresionante irrupción en la Historia del Ejército Zapatista de Liberación Nacional que de una sola tacada: 1) ha aguado la fiesta capitalista de la entrada en vigor el 1 de enero de 1994 del Tratado de Libre Comercio (TLC o NAFTA según sus siglas inglesas) entre Estados Unidos, México y Canadá; 2) ha cerrado la boca a los autoderrotados de todo el planeta que musitaban que en esta época del mal llamado "Nuevo Orden Internacional" ningún pueblo sería tan loco de rebelarse contra la explotación de las militarmente poderosísimas potencias capitalistas; y 3) han captado la atención, el asombro, la alegría solidaria y la expectación de todo el planeta poniendo encima de la mesa los problemas de los explotados y de los indígenas del continente americano.

Quiero tan sólo refrescarte la memoria sobre algunos datos que te habrán llegado a retazos a través de los medios de comunicación: Chiapas es un Estado mexicano que encarna de forma eminente la bestial contradicción intrínseca del sistema capitalista. Porque Chiapas es un Estado rico en recursos y medios productivos pero la inmensa mayoría de su población está sumida en la miseria. Chiapas es el mayor productor de energía (petróleo y electricidad) de México (se chupan cada día de la tierra chiapaneca 92.000 barriles de petróleo y 516.000 millones de pies cúbicos de gas). Chiapas provee a México del 55% de su energía hidroeléctrica y allí se produce el 20% de la energía eléctrica mexicana. Pero Chiapas es el Estado mexicano de menor consumo de luz eléctrica per cápita y dos tercios de las viviendas chiapanecas carecen de luz eléctrica. Casi dos millones y medio de metros cúbicos de maderas preciosas fueron expoliadas entre 1981 y 1989. Cada año se producen 2.756 toneladas de miel que los chiapanecos ni huelen porque se dedican íntegramente a Estados Unidos y Europa. Mas del 60% de la tierra se concentra en poder de un puñado de propietarios privados pero padece desnutrición más de un millón de sus habitantes (que suman tres millones y medio de los que el 30% son de origen maya). De cada cien niños setenta y dos no acaban la primaria. Y la pobreza produce directamente la muerte de 15.000 indígenas al año. Chiapas es el Estado más rico de México y su gente la más pobre. En los pueblos donde apareció el 1 de enero el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (Ocosingo, Altamirano y Las Margaritas) son iletrados el 48% de los adultos, el 80% de las familias gana menos de 800 pesos al mes, el 75% no tiene energía eléctrica. Se puede hacer un mapa de Chiapas trazándolo no por los límites de los municipios sino por las áreas de las enfermedades dominantes en las distintas zonas. En Oxchuc hay un ¡99%! de tracoma (una enfermedad de la vista producida por la malnutrición). Hay áreas muy amplias con el 30 ó el 40% de tuberculosis. ¿ Vas comprendiendo?.

Pero te dije antes que iba a contarte una experiencia personal relacionada con las megalópolis. Paso a hacerlo. Unas semanas después de que el GAL le dijera al DIARIO DE NAVARRA que había sido el autor del intento (que una mezcla de suerte y de intuición convirtió en frustrado) de asesinarnos a mi compañera y a mí disparando por el balcón a la cabecera de nuestra cama, un locutor de radio me preguntó en una emisión en directo si es que yo me había radicalizado a causa de ese atentado. Le contesté que no. Que cuando me había radicalizado, de verdad y definitivamente, era en 1966 cuando había hecho una corta visita al Perú con el estatus de experto internacional al nivel de mil quinientos dólares (de los de entonces) mensuales, viviendo, comiendo, cenando y negociando con los que ocupaban entonces la cúpula del poder político del país, contemplando y compartiendo el lujo ostentoso y prepotente de sus vidas y de sus residencias. Unos meses atrás yo había sido llamado "cerdo, con perdón" a la cara por un obispo español que me acusaba de tener especial inclinación por "hozar en la miseria" de lo cual era -según él- prueba el estudio que en aquella ocasión yo presentaba y que había contabilizado ciento cincuenta mil personas viviendo en chabolas en Madrid.

Cuando salí del aeropuerto de Lima, la capital del Perú, después de haber visto la primera cinta transportadora de equipajes y las primeras puertas abiertas por células fotoeléctricas de mi vida, el chófer del coche oficial que me transportó al centro de la ciudad me advirtió que no bajara el cristal de la ventanilla "porque aquí el aire hiede". Y era verdad. Cuando a la mañana siguiente pude ver la ciudad a la luz del día quedé abrumado por el terrible paisaje de cientos de miles de repulsivas chabolas (espantosamente más frágiles y más miserables que las ya de suyo espantosas chabolas madrileñas) que rodeaban Lima y que subían como malignas enredaderas por las laderas de la cordillera a espaldas de la urbe. Cientos de miles de chabolas a mi ojo de buen cubero entrenado. Con millones de personas. Sin saneamiento, sin agua potable, sin alcantarillado. Haciendo efectivamente hediondo el aire en su área. Y haciendo definitivamente de mí el radical que hoy sigo siendo.

Desde que a mí me traumatizó han transcurrido veintiséis años y Lima ha empeorado mucho. Lima ha multiplicado por siete su población en un período de tan sólo cuarenta años (de 1940 a 1981). Hoy abarca 400 kilómetros cuadrados y sus siete millones de habitantes suponen la tercera parte de la población peruana. El 40% de la población de Lima (dos millones ochocientas mil personas) carece de agua potable y el 60% (cuatro millones doscientas mil personas) no tiene alcantarillado. Lima hiede a mierda. A mierda humana. A miseria. A cólera. Tanto al cólera-enfermedad como a la cólera de los miserables que enciende y alimenta la más peligrosa guerrilla del continente americano.

Atiéndeme bien, por favor. Acabo de hablarte de dos monstruosas ciudades, México y Lima. Pero no pienses que su desgracia es única. En la India, por ejemplo, cuatro millones de los once que suman los habitantes de Bombay viven (es un decir) en sus miserables suburbios. En ese Río de Janeiro que anualmente deslumbra al mundo con su carnaval son casi tres de sus diez millones de habitantes los que padecen las infrahumanas condiciones de las barriadas de chabolas. Y por todo el planeta sucede lo mismo. Los disturbios de Los Angeles de 1992 han llevado a los televisores de todo el mundo la noticia audiovisual, en vivo y en caliente, de que el NORTE se ha fabricado ya su propio SUR en amplísimas zonas de sus grandes ciudades. De que el Primer Mundo se ha fabricado un Tercer Mundo en las inmensas barriadas miserables de sus grandes metrópolis. Los pulcros funcionarios de la ONU son los que han escrito en un reciente boletín estas crudas y gruesas palabras: "El hombre de finales del siglo XX y de principios del siglo XXI está condenado a vivir en el infierno urbano que él mismo se había buscado inicialmente como una liberación".

Infierno urbano. Son palabras gruesas. Duras. Pero no exageradas. En absoluto exageradas. Estoy seguro de que alguna vez has visto por televisión o leído en algún periódico algo sobre los llamados niños de la calle. Son los niños, huérfanos o abandonados por sus familias o escapados de ellas para huir de los malos tratos o de los abusos sexuales, que viven como pueden en las calles de las grandes ciudades. Un estudio de la Organización Mundial de la Salud ha denunciado en la primavera de 1993 que se estima que los "niños de la calle" suman ya un total de CIEN MILLONES en el planeta. ¿Te das cuenta de que eso significa cuarenta niños de la calle por cada uno de los actuales habitantes del Sur de Euskal Herria?. Una encuesta de la OMS ha revelado que la mayoría de esos niños confesaron consumir regularmente alcohol y drogas y algunos de ellos que participan en la producción o venta de cocaína y de heroína. Muchos son explotados por organizaciones criminales o contratados para actividades ilegales o empleados en la prostitución organizada, femenina o masculina. La mayoría absoluta de los encuestados en Río de Janeiro confesaron que la dureza de su lucha diaria por sobrevivir les había llevado a intentar suicidarse.

En la larga noche de piedra de la dictadura franquista los que entonces éramos jóvenes y nos llamábamos revolucionarios solíamos cumplir un rito clandestino de reafirmación y realimentación de nuestras ideas y actitudes. Que consistía en comprar varios ejemplares o (si sólo se disponía de un único ejemplar prohibido y clandestino) mecanografiar varias copias de una misma obra de teatro y reunirnos en casa de alguno de nosotros para leerla en voz alta, repartiéndonos los diversos papeles. Incluso haciendo algunos pinitos de montaje profesional como subrayar determinados pasajes de la obra con música. Lo cual suponía un montón de trabajo para seleccionar el pasaje adecuado de una sinfonía y luego marcarlo con una pizca de talco en el disco de vinilo y después no equivocarse (lo que muchas veces sucedía) al poner la aguja del tocadiscos sobre la mota de talco en el momento culminante de la obra. Eran, claro está, obras de autores "subversivos". Escuadra hacia la muerte por ejemplo, de ese genial autor dramático, escritor de lujo y magnífico revolucionario que es Alfonso Sastre. A casi cuarenta años de distancia tengo ahora muy vívido recuerdo de la lectura que hicimos de otra obra de otro hombre análogamente genial y revolucionario: A puerta cerrada de Jean Paul Sartre. Una obra desgarrada y terrible cuya tesis básica es que el infierno son los otros. Ese recuerdo asalta ahora mi memoria al pensar en el infierno urbano del que hablan los funcionarios de la ONU. Porque veo con aterrada claridad que el infierno urbano son los otros cuando los otros son tan demasiados como están siendo en las megalópolis de hoy y, sobre todo, cuando están bendecidos por la implacable aplicación que el capitalismo mundializado hace de la ley del valor.

Sí. El presente y el inmediato futuro del Tercer Mundo es una pesadilla urbana. Como lo es el presente y el futuro de ese Tercer Mundo suplementario que el Primer Mundo arrincona en las barriadas miserables de sus propias megalópolis. Miseria, hambre, contaminación y crimen están inscritos en el horizonte de las gigantescas aglomeraciones metropolitanas inviables que aumentan su población aceleradamente. Su ya terrible presente y su aún más terrible futuro son otras tantas pruebas de que este mundo es una mierda.

He utilizado este relato (demasiado rápido y con muchos menos detalles de los que el tema merecería) de la situación de las deformes aglomeraciones urbanas en macrociudades porque tú eres un habitante de una macrociudad (CINDU-EUSKADI, la Ciudad Industrial Euskadi). Que tiene sólo dos millones y medio de habitantes y está en el NORTE, en el Primer Mundo, aunque está en crisis. Pero que es una macrociudad. Y vivir en una de ellas te hace seguramente más sensible para la apreciación de los problemas de las aglomeraciones metropolitanas. Pero hay otros muchos inesquivables síntomas que evidencian que este mundo es una mierda. Todos los que se refieren a la contaminación y a la destrucción de los recursos naturales del planeta, por ejemplo.

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